Batido refrescante de piña y menta

La primavera se lo está tomando con mucha calma este año, por lo menos en mi tierra, donde aún la semana pasada tuve que sacar del armario las botas de agua y en la oficina tuvimos que poner la calefacción un par de días. Sí, es cierto que los días son más largos, pero ¿de qué nos vale si tenemos que encerrarnos en casa porque llueve a mares y no podemos bajar al parque ni a dar una vuelta con la bici nueva y los patines?

Pero como no pierdo la esperanza de que algún día llegue el verano, y además tengo MUCHÍSIMA menta fresca en casa (porque al monstruito le regalaron un huertito de hierbas aromáticas por su cumpleaños), he decidido llenarme de optimismo y preparar un batido cremoso y refrescante para recibir los días de sol. Como todos los batidos se puede personalizar para adaptarlo a vuestros gustos y a las frutas que tengáis en casa, pero con esta combinación tendréis una bebida genial para empezar la mañana de la mejor manera posible.

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Crema de limón (lemon curd)

¿Recordáis que hace unas semanas os dije que tenía muchísimos limones y que ya no sabía ni qué hacer con ellos? Me libré de unos cuantos preparando un estupendo bizcocho y los he estado utilizando a diario en la cocina para platos y salsas varias, pero todavía me quedan un montón, así que me he decidido por una receta inglesa clásica de las que sirven para todo: lemon curd, una crema de limón espesa que podemos usar para hacer tartas (aquí tenéis una receta), para rellenar galletas o macarons, para darle un toque fresco a una pavlova… Nosotros la estamos comiendo mucho con yogur natural. ¡Está riquísima!

La técnica es muy parecida a la de las natillas: ponemos los ingredientes en un cazo y vamos removiendo con unas varillas mientras la crema cuaja. Sólo tiene dos dificultades: la primera, no poner el fuego muy fuerte; y la segunda, ¡no comernos la crema a cucharadas directamente desde el bote!

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Brownie de chocolate con harina de teff (sin gluten y sin lactosa)

El teff es un cereal de grano pequeño y marrón, originario de Etiopía. Es un cereal sin gluten, rico en carbohidratos de liberación lenta, tiene un alto poder saciante y es rico en minerales. Por mi tierra lo venden (en forma de harina) en algunas herboristerías, hipermercados y tiendas de productos a granel, y aunque hay que pillarle el punto (confieso que mis dos primeros intentos de cocinar con teff acabaron en dramáticos fracasos), lo cierto es que le da un saborcillo tostado a las cosas y ofrece un aporte nutricional interesante.

¡Bueno, tampoco nos engañemos, que la receta de hoy no la he preparado precisamente por su valor nutricional! Hice este brownie porque venía a merendar a casa una amiga del monstruito y supuse que le gustaría (por cierto, si no encontráis harina de teff podéis sustituirla por harina de trigo sarraceno o de avena certificada sin gluten). Les encantó, claro: si les dejo, se lo comen entero y recién salido del horno.

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Pan rústico (sin gluten)

¡Ay, el pan sin gluten! No hay manera de encontrar por ahí uno rico. Nos recomendaron unas barritas que venden precocinadas y congeladas y que se suponía que eran casi casi como el pan de harina de trigo de toda la vida. Compramos una llenos de fe… y resulta que es casi casi como el típico pan gomoso y chicloso de gasolinera. Un horror. Con el pan de molde sí hemos dado con alternativas aceptables (a precio de oro y con unas rebanadas ridículamente pequeñas, pero algo es algo), pero las barras y las hogazas decentes siguen siendo tan difíciles de encontrar como los unicornios.

Eso me obliga a experimentar mucho en casa y a tener la despensa llena de harinas distintas para combinarlas buscando una miga que no se desmenuce sólo con tocarla y una corteza un poco digna, así que cuando encuentro recetas facilonas como ésta, que sólo piden un poco de cariño y paciencia, me pongo muy contenta. ¡Mirad que rebanadas de pan más estupendas! ¿No os parece que están pidiendo a gritos un poco de aceite de oliva, tomate y jamón?

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Tortita gigante de arándanos (vegana, sin gluten y sin azúcar añadido)

Lo bueno de las tortitas es que son tortitas. Son ricas, esponjosas, se pueden preparar con un montón de ingredientes distintos y además se pueden congelar para ir sacando cuando nos apetezcan. Lo malo de las tortitas es que hay que cocinarlas de una en una y si, como a mí, os gusta montar una buena torre en el plato, lo mejor es hacerlas más bien pequeñas, así que acabas perdiendo un montón de tiempo entre sartenes. Así que, ¿y si en vez de hacer muchas tortitas pequeñas hacemos una sola pero muy grande?

El truco es o bien hacerla en una plancha tamaño industrial (y tener mucha fuerza y mucha maña para darle la vuelta) o bien, más fácil y más práctico, hacerla en el horno. Si tenéis una sartén de las que se pueden meter en él, estupendo; si no, podéis prepararla en un molde de tarta (intentad que no sea de fondo desmontable, porque la masa es muy líquida y podría verter un poco). Sale rica y jugosa y no tiene ni pizca de azúcar añadido: el sabor dulce se lo dan las frutas que lleva y la esencia de vainilla.

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