Crema de limón (lemon curd)

¿Recordáis que hace unas semanas os dije que tenía muchísimos limones y que ya no sabía ni qué hacer con ellos? Me libré de unos cuantos preparando un estupendo bizcocho y los he estado utilizando a diario en la cocina para platos y salsas varias, pero todavía me quedan un montón, así que me he decidido por una receta inglesa clásica de las que sirven para todo: lemon curd, una crema de limón espesa que podemos usar para hacer tartas (aquí tenéis una receta), para rellenar galletas o macarons, para darle un toque fresco a una pavlova… Nosotros la estamos comiendo mucho con yogur natural. ¡Está riquísima!

La técnica es muy parecida a la de las natillas: ponemos los ingredientes en un cazo y vamos removiendo con unas varillas mientras la crema cuaja. Sólo tiene dos dificultades: la primera, no poner el fuego muy fuerte; y la segunda, ¡no comernos la crema a cucharadas directamente desde el bote!

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Brownie de chocolate con harina de teff (sin gluten y sin lactosa)

El teff es un cereal de grano pequeño y marrón, originario de Etiopía. Es un cereal sin gluten, rico en carbohidratos de liberación lenta, tiene un alto poder saciante y es rico en minerales. Por mi tierra lo venden (en forma de harina) en algunas herboristerías, hipermercados y tiendas de productos a granel, y aunque hay que pillarle el punto (confieso que mis dos primeros intentos de cocinar con teff acabaron en dramáticos fracasos), lo cierto es que le da un saborcillo tostado a las cosas y ofrece un aporte nutricional interesante.

¡Bueno, tampoco nos engañemos, que la receta de hoy no la he preparado precisamente por su valor nutricional! Hice este brownie porque venía a merendar a casa una amiga del monstruito y supuse que le gustaría (por cierto, si no encontráis harina de teff podéis sustituirla por harina de trigo sarraceno o de avena certificada sin gluten). Les encantó, claro: si les dejo, se lo comen entero y recién salido del horno.

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Pan rústico (sin gluten)

¡Ay, el pan sin gluten! No hay manera de encontrar por ahí uno rico. Nos recomendaron unas barritas que venden precocinadas y congeladas y que se suponía que eran casi casi como el pan de harina de trigo de toda la vida. Compramos una llenos de fe… y resulta que es casi casi como el típico pan gomoso y chicloso de gasolinera. Un horror. Con el pan de molde sí hemos dado con alternativas aceptables (a precio de oro y con unas rebanadas ridículamente pequeñas, pero algo es algo), pero las barras y las hogazas decentes siguen siendo tan difíciles de encontrar como los unicornios.

Eso me obliga a experimentar mucho en casa y a tener la despensa llena de harinas distintas para combinarlas buscando una miga que no se desmenuce sólo con tocarla y una corteza un poco digna, así que cuando encuentro recetas facilonas como ésta, que sólo piden un poco de cariño y paciencia, me pongo muy contenta. ¡Mirad que rebanadas de pan más estupendas! ¿No os parece que están pidiendo a gritos un poco de aceite de oliva, tomate y jamón?

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Tortita gigante de arándanos (vegana, sin gluten y sin azúcar añadido)

Lo bueno de las tortitas es que son tortitas. Son ricas, esponjosas, se pueden preparar con un montón de ingredientes distintos y además se pueden congelar para ir sacando cuando nos apetezcan. Lo malo de las tortitas es que hay que cocinarlas de una en una y si, como a mí, os gusta montar una buena torre en el plato, lo mejor es hacerlas más bien pequeñas, así que acabas perdiendo un montón de tiempo entre sartenes. Así que, ¿y si en vez de hacer muchas tortitas pequeñas hacemos una sola pero muy grande?

El truco es o bien hacerla en una plancha tamaño industrial (y tener mucha fuerza y mucha maña para darle la vuelta) o bien, más fácil y más práctico, hacerla en el horno. Si tenéis una sartén de las que se pueden meter en él, estupendo; si no, podéis prepararla en un molde de tarta (intentad que no sea de fondo desmontable, porque la masa es muy líquida y podría verter un poco). Sale rica y jugosa y no tiene ni pizca de azúcar añadido: el sabor dulce se lo dan las frutas que lleva y la esencia de vainilla.

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Granola de copos de quinoa y almendras (sin gluten)

A veces la gente me cuenta que ha hecho recetas de este blog (y eso es genial, porque para eso me puse a colgar recetas en Internet). A veces les salen bien, y entonces no pasa nada, pero otras veces no y me vienen a preguntar por qué a ellos no les salió como a mí. Hay muchos motivos por los que una receta puede no salir exactamente como esperamos: en recetas con frutas, por ejemplo, lo maduras que estén y cuánto zumo tengan influirá mucho en la masa, que harán más o menos líquida y que necesitará más o menos tiempo de horno para cuajar bien. Sustituir ingredientes o medirlos a ojo, que es un clásico, suele ser arriesgado (“Es que en vez de azúcar puse miel”. Chachi, pero la miel es líquida y carameliza en seguida, con lo que probablemente vas a acabar con un bizcocho quemado por encima y medio crudo por el centro). El tamaño del molde, los tiempos de reposo en las masas con levadura… ¡Incluso la marca de mantequilla! Cualquier cosa que parece una tontería puede afectar al resultado.

Y luego está el tema del horno. Ponerlo o no en modo ventilador puede suponer un cambio en veinte o treinta grados en la temperatura. Hay hornos que no calientan de manera uniforme, carbonizando las magdalenas del fondo y dejando sin hacer las que están junto a la puerta (¿sospechas que el tuyo es de ésos? Prueba el truco del pan de molde para confirmarlo). Y los marcadores de temperatura que incluyen suelen ser MUY poco fiables: si cocinas mucho a lo mejor te interesa invertir en un termómetro para horno. Yo al mío le tengo cogido más o menos el punto y ya sé que calienta más de lo que me dice, así que suelo ponerlo un poquito más bajo de lo que debería, y además estoy pendiente de la cocción y cuando un bizcocho o tarta se empiezan a tostar los cubro con papel de aluminio para que no se queme la superficie. Con las granolas, por ejemplo, ya he aprendido (tras varios fracasos) que en mi horno se cocinan en veinte minutos, y si las dejo más tiempo se queman irremediablemente. En resumen: que la repostería, como todo, requiere atención y experiencia, que a veces las cosas no salen como pensábamos, que una misma receta puede dar resultados muy distintos simplemente por el tamaño de los huevos que usamos o porque no batimos la masa lo suficiente y que aunque un bizcocho que se nos rompa todo al desmoldarlo (¡malditos bundts!) seguramente esté riquísimo igual. Y, después de todo este rollo, aquí os dejo una receta de granola.

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