Granola de copos de quinoa y almendras (sin gluten)

A veces la gente me cuenta que ha hecho recetas de este blog (y eso es genial, porque para eso me puse a colgar recetas en Internet). A veces les salen bien, y entonces no pasa nada, pero otras veces no y me vienen a preguntar por qué a ellos no les salió como a mí. Hay muchos motivos por los que una receta puede no salir exactamente como esperamos: en recetas con frutas, por ejemplo, lo maduras que estén y cuánto zumo tengan influirá mucho en la masa, que harán más o menos líquida y que necesitará más o menos tiempo de horno para cuajar bien. Sustituir ingredientes o medirlos a ojo, que es un clásico, suele ser arriesgado (“Es que en vez de azúcar puse miel”. Chachi, pero la miel es líquida y carameliza en seguida, con lo que probablemente vas a acabar con un bizcocho quemado por encima y medio crudo por el centro). El tamaño del molde, los tiempos de reposo en las masas con levadura… ¡Incluso la marca de mantequilla! Cualquier cosa que parece una tontería puede afectar al resultado.

Y luego está el tema del horno. Ponerlo o no en modo ventilador puede suponer un cambio en veinte o treinta grados en la temperatura. Hay hornos que no calientan de manera uniforme, carbonizando las magdalenas del fondo y dejando sin hacer las que están junto a la puerta (¿sospechas que el tuyo es de ésos? Prueba el truco del pan de molde para confirmarlo). Y los marcadores de temperatura que incluyen suelen ser MUY poco fiables: si cocinas mucho a lo mejor te interesa invertir en un termómetro para horno. Yo al mío le tengo cogido más o menos el punto y ya sé que calienta más de lo que me dice, así que suelo ponerlo un poquito más bajo de lo que debería, y además estoy pendiente de la cocción y cuando un bizcocho o tarta se empiezan a tostar los cubro con papel de aluminio para que no se queme la superficie. Con las granolas, por ejemplo, ya he aprendido (tras varios fracasos) que en mi horno se cocinan en veinte minutos, y si las dejo más tiempo se queman irremediablemente. En resumen: que la repostería, como todo, requiere atención y experiencia, que a veces las cosas no salen como pensábamos, que una misma receta puede dar resultados muy distintos simplemente por el tamaño de los huevos que usamos o porque no batimos la masa lo suficiente y que aunque un bizcocho que se nos rompa todo al desmoldarlo (¡malditos bundts!) seguramente esté riquísimo igual. Y, después de todo este rollo, aquí os dejo una receta de granola.

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Batido de arroz con leche


Todo empezó porque mi madre me regaló un libro con recetas de arroces y yo quería probar algún risotto nuevo, porque en casa nos gustan mucho y los hacemos con cierta frecuencia. Estaba yo buscando alguno que llevase espárragos (estamos en temporada y a mí me encantan) y me encontré con esto. Y ya me descentré, porque ¿nos gusta el arroz con leche? Mucho. ¿Nos gustan los batidos? Mucho. ¿Es una receta fácil de hacer? Mucho. Y yo es que me descentro con facilidad.

Sólo dos consejos antes de ponernos a ello: El primero, que el arroz tiene que reposar en la leche durante unas doce horas, así que ésta es la típica receta que conviene dejar medio hecha la noche anterior. Y el segundo, vais a necesitar una buena batidora y bastante paciente para triturar bien el arroz y que no queden grumos. ¿Estamos todos listos? ¡Pues vamos allá!

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Gachas de quinoa (porridge)

Un desayuno que me hago yo a veces y que me encanta son las gachas de avena, el mítico porridge inglés que desayunan siempre los protagonistas de los libros de Enid Blyton. Si las sirves así, sin más, son una cosa fea y tristona, pero si les das un poco de vidilla (fruta troceada, cacao en polvo, sirope, dátiles, crema de cacahuete…) se vuelven un plato lleno de posibilidades. ¿El problema? El gluten. ¡Con lo que le gusta al monstruito robarme parte de mi desayuno cuando es distinto al suyo! Si los dos tenemos tostadas, o sándwich, no hay problema, pero si cada uno tiene una cosa diferente le encanta comerse un poquito del mío. Así que tuve que buscar una versión sin gluten.

Tras preguntar a San Google, la sustituta de la avena estaba clara: la quinoa. No tiene un sabor tan suave como el de la avena, pero con los ingredientes adecuados es una alternativa estupenda. Tenemos dos opciones: utilizar el grano entero o cocinarla directamente en copos. Si elegimos por los copos, las gachas se preparan en cinco minutos, que es una ventaja importante para los días que vamos con prisas o nos levantamos muy hambrientos. Si usamos los granos de quinoa enteros, hay que dejarlos cocer un cuarto de hora, que es más rollo, pero también es cierto que son mucho más baratos que los copos. Yo suelo usar copos de quinoa, porque la textura se parece más al porridge clásico. ¡Ya me contaréis qué hacéis vosotros!

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Granola de canela y cardamomo (sin gluten)

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El monstruito y yo intentamos hacer granola de crema de cacahuete. ¡Qué drama! La primera versión resultó un engrudo pegajoso, inmanejable e intragable. A la basura. La segunda tenía mejor pinta, pero se carbonizó en el horno en cuestión de minutos (un misterio digno de Cuarto Milenio, porque la temperatura estaba bastante baja y después del primer fracaso estábamos bastante pendientes de ella). A la basura también. Vamos, que llevábamos unos días desayunando muesli, que es muy sano y no requiere horneado.

Pero los fines de semana nos gusta mimarnos y preparar desayunos especiales, así que, inasequibles al desaliento, volvimos a la carga. Eso sí, con una nueva receta, muy fácil y muy rica, y con nuestros viejos amigos la canela y el cardamomo, que ya sabéis que funcionan muy bien juntos (¿alguien ha dicho kanelbullar?). ¡Y esta vez nos salió fenomenal!

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Granola de manzana

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Una cosa maravillosa de la granola es que puedes hacer mil versiones adaptándolas a tus gustos o, simplemente, a las cosas que tengas en la despensa. Puedes echar una mezcla loca de frutos secos y semillas o poner sólo uno o dos tipos de cada cosa e ir variando con cada remesa para disfrutar cada vez de un desayuno totalmente nuevo.

¿Y ésta, con manzana y especias? ¡Ésta está TAN RICA! La mejor manera de empezar el día… o de picotear a escondidas cuando no me ven los niños (¡porque si me ven, me piden!). La tengo guardada en un recipiente hermético y cada vez que paso cerca, si no hay testigos, me como un puñado. ¡Es un vicio!

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