Tarta de fresas con nata (sin gluten)

Cerramos la temporada de tartas de cumpleaños familiares con la mía, y a mí es que me encantan las fresas. Desde que estamos en temporada, en casa las comemos como locos: caen por lo menos una vez al día en el desayuno, merienda o postre de la cena, y a veces en forma de batido. “Pero mamá, ¿otras vez fresas?”, me dice el monstruito desesperado (pero que no os dé ninguna pena, que si en vez de fresas le pusiese mango a todas horas no diría ni mu).

Esta receta puede ser fácil de hacer… o facilísima. Podéis preparar parte de las fresas el día anterior para dejar que maceren o ponerlas frescas sin complicaros la vida. Podéis montar la nata vosotros mismos o comprarla ya montada. El único intríngulis es cortar el bizcocho a la mitad, pero con un cuchillo afilado y un poco de buen pulso no deberíais tener problemas graves. Y si se os rompe al hacerlo, o se parte, no pasa nada: se cubre la tarta bien de nata por encima y no se va a enterar nadie.

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Pavlova de chocolate

El monstruito tiene una memoria sorprendentemente buena. Recuerda conversaciones en los momentos más inoportunos, promesas que le hiciste en momentos de desesperación y, sobre todo, temas culinarios. Cerca de su cole hay un restaurante carísimo y modernísimo: un día me preguntó que cuándo íbamos a comer ahí y le dije que cuando creciera un poco. ¡Ahora cada vez que pasamos por delante me pregunta si ya ha crecido lo suficiente!

Así que cuando le pregunté de qué quería su tarta de cumpleaños este año me miró muy sorprendido y me contestó: “Quiero una como la de la abuela, ¿no te acuerdas?”. ¡Dos meses después seguía pensando en la pavlova que hicimos en enero para celebrar el cumpleaños de mi madre! Dicho y hecho, pero para no repetirnos variamos un poquito la receta: esta vez hicimos el merengue de chocolate, sustituimos los arándanos por fresas (que estamos en temporada) y en lugar de hacer una tarta de dos pisos hicimos sólo uno, pero más grande… ¡Lo que en las revistas de moda llaman “un clásico actualizado”!

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Pavlova

Todos los años, cuando mi madre está de cumple, le hago una tarta de cumpleaños sorpresa. Bueno, no le sorprende que le aparezca con una tarta, pero voy cambiando el sabor año tras año, buscando siempre cosas que sé que le gustan. Pero este año le pregunté que qué le apetecía. “UNA PAVLOVA CON FRAMBUESAS”, me dijo sin darme tiempo a acabar la frase. ¡La pobre! Seguro que lleva años esperando a que se me ocurra a mí sola y yo, que se ve que soy poco intuitiva, me he dedicado a las tartas de queso y de zanahoria dejando este pastel totalmente olvidado.

Si nunca lo habéis probado, no sabéis lo que os perdéis: la pavlova es un postre exquisito. Ligero y lleno de matices. Dos capas de merengue, crujiente por fuera y tierno por dentro, cubiertas de nata montada y frutos frescos. La dulzura del merengue combina maravillosamente con la acidez de las frambuesas y los arándanos. Es una cosa tan espectacular que el monstruito, que está de cumple en marzo, ya me ha dicho que él va a querer otra igual…

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Panna cotta

La panna cotta es la prima italiana del flan, aunque no lleva huevo. Se hace con leche, nata, azúcar y algún gelatificante (gelatina o su pariente vegetariano, el agar agar) y se suele servir con mermelada. No necesita horno y es facilísima de hacer. Y aun así, la primera vez que la preparé conseguí liarla parda.

Mi teoría es que me despisté y no disolví bien el agar agar. Bueno, no sé, pero en vez de una docena de pana cottas acabé con una docena de sopas de nata. El caso es que soy bastante tozuda, así que volví a intentarlo, y esta vez presté más atención a lo que hacía. Al segundo intento, las pana cottas cuajaron perfectamente. ¡Y fueron un éxito!

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Mini pavlovas con fresas

mini pavlovas con fresas

Merengue, nata montada y fruta fresca: un postre hecho para una bailarina. Concretamente, para Anna Pavlova, y es que este dulce se creó en su honor en una visita que la rusa hizo a Nueva Zelanda. Se supone que las capas de merengue y nata simbolizan los tules de su tutú… sea o no sea cierto, el postre es tan popular en Oceanía que tanto Australia como Nueva Zelanda se atribuyen su creación, y a estas alturas hay ya un montón de versiones, más o menos disparatadas (estoy casi segura de que el chef que lo ideó, fuese australiano o neozelandés, no pensó nunca en ponerle gominolas).

Yo he optado por la clásica, de merengue tradicional y frutos rojos (bueno, sólo fresas, pero ya sabéis que cuando estamos en temporada las uso todo lo que puedo). Eso sí, en tamaño individual, porque al ser un postre con nata y fruta fresca hay que montarlo justo antes de servirlo y consumirlo inmediatamente, y no tenía tantos invitados como para hacer una pavlova grande. Al hacerlas chiquitinas, una vez horneado el merengue se pueden ir preparando cuando apetezcan. Más práctico, ¿no?

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