Tarta de naranja y polenta (sin gluten y sin lactosa)

“Fierecilla, ¿de qué quieres que sea tu tarta de cumpleaños” “De Dory y Nemo.” “Vale, pero ¿debajo de Dory y Nemo, qué quieres que haya?” “Minions”. Os voy a decir una cosa: la culpa es mía por ponerme a negociar con una niña de tres años. Al final elegí yo y le preparé esta tarta de naranja y polenta, tan densa como jugosa, con un sutil sabor a cardamomo y tamaño suficiente para alimentar a una familia de elefantes.

Y por cierto, al final la fierecilla decidió que ya no quería a Dory y Nemo, sólo minions, así que tuvo tres: uno por cada año que ha cumplido ya. ¡Está hecha una chica!

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Yemas de Santa Teresa

Ya sé que no me pega nada aparecer de repente con unos dulces tan tradicionales como éstos, pero después de hacer la pavlova del otro día me quedaron seis yemas que me miraban con tristeza desde el fondo de un bol. Algo tenía que hacer con ellas, ¿no? Mi primera opción fue un tocinillo del cielo (una bomba calórica que me vuelve loca), pero las recetas que tenía a mano me pedían todas 12 yemas, así que me hubiera quedado colgada con seis claras. Mi segunda opción, unos de mis pastelitos preferidos de cuando era pequeña: las yemas de Santa Teresa.

Ojo, porque parece una receta tontísima pero tiene su intríngulis: hay que preparar primero un almíbar con azúcar y agua y luego ir cuajando las yemas sin quemarlas y sin dejar de remover. ¡Y mucho cuidado, que quemarse con caramelo no es ninguna tontería!

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Panecillos de semillas (sin gluten y sin lactosa)

Ya sabéis que desde que tengo que cocinar sin gluten el pan ha sido siempre mi bestia negra. He hecho ya media docena de experimentos, y sólo tres han terminado en el blog: un pan de frutos secos y semillas, una focaccia y unos bollitos con semillas de chía que a mí me parecieron bastante normalitos pero al monstruito le encantaron. El resto de intentos… fracaso total. Normalmente acabo con panes totalmente insípidos o panecillos que se podrían utilizar como balas de cañón. Y las masas son inmanejables: pegajosas, poco elásticas y con tendencia a romperse por los sitios más insospechados. Vamos, que lo de hacer pan me tenía muy frustrada. ¡Hasta ahora!

Casi no puedo creer que diga esto, pero he encontrado por fin una receta fácil de hacer y con la que consigo unos bollitos estupendos. Con su corteza, con su miga esponjosa, con su sabor a pan. Con una masa que no hace que me quiera suicidar a la hora de bolearlos. Con semillas también, para darles vidilla. Perfectos para el desayuno y también para untar en salsas. ¡Ay, qué contenta estoy con estos panes!

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Bizcocho de plátano y nueces con harina de garbanzos (sin gluten y sin lactosa)

Esta semana ha habido bastante revuelo en Twitter porque una nutricionista colgó una foto de su hijo comiendo garbanzos de desayuno. ¿Mi opinión? Creo que es muy triste que la gente se lleve las manos a la cabeza por ver a un niño alimentándose con algo sano, sea a la hora que sea. A mí lo que me parece un escándalo es ver a niños de cuatro años bebiendo refrescos de cola. O ver a niños de Educación Infantil que llevan de meriendita bollería industrial a diario porque “es que no le gustan los bocadillos” (porque de llevar fruta ya ni hablamos). O ver a bebés en las sillitas con bolsas de gusanitos más grandes que su cabeza. O ver cómo las papeleras de los parques infantiles están siempre llenas de paquetes vacíos de chocolatinas, caramelos, patatas fritas y zumos industriales. Eso, por lo visto, no le preocupa a nadie, aunque las tasas de obesidad infantil en el mundo occidental sean cada vez más altas y las enfermedades relacionadas con el sedentarismo y la (mala) alimentación se hayan disparado en los últimos años. Pero ¿una madre que le da legumbres a su hijo de desayuno? ¡A la hoguera con ella!

Mis hijos no desayunan garbanzos (los comen y los cenan un montón de veces), pero tampoco toman a diario productos ultraprocesados cargados de azúcar ni aceite de palma. A diario empiezan el día con una pieza de fruta, yogur natural y muesli casero (en casa tenemos siempre dos botes: versión normal y sin gluten) y los fines de semana, que nos los tomamos con más calma, sustituyen el muesli por pan con tomate, con aceite de oliva o con hummus, sándwich de crema de cacahuete y plátano, granola casera o un poco de tortilla. Y sí, a veces toman snacks o caramelos, pero si consigo que los cambien por un puñado de frutos secos o de repostería de la que hago yo, mejor. Como este bizcocho de plátano sin gluten, preparado con (no podía ser otra cosa) harina de garbanzos. ¿Qué puedo decir? Me encanta que mis hijos coman legumbres. Soy así de rara.

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Granola de quinoa y chocolate (sin gluten y vegana)

Tenía que empezar el año con una receta de cereales de desayuno. Ya me conocéis: uno de mis momentos preferidos de la semana es levantarme con calma el sábado y el domingo, preparar algo rico y disfrutarlo en familia. Traducción simultánea: “con calma” quiere decir que mis hijos se cuelan en mi cama y me obligan a salir a mí para esquivar sus guerras territoriales; “algo rico” significa un desayuno para los adultos y, normalmente, otro para ellos (que están obsesionados con los sándwiches de crema de cacahuete y plátano); y “disfrutarlo” significa intentar que la fierecilla, que come a una velocidad de vértigo, no me robe mi desayuno una vez que se ha terminado el suyo. Bueno, eso, lo que es una mañana tranquila y normal en una familia con dos niños pequeños.

Ésta versión sin gluten de la granola es muy fácil de hacer (trocear, mezclar, hornear y listo) y, como todas, está riquísima. Si no encontráis la quinoa inflada podéis sustituirla por arroz inflado (y el sirope de arce por miel). Se conserva sin problemas en un bote hermético y se puede tomar con leche, con yogur o, si no hay testigos que puedan juzgaros, a cucharadas desde el recipiente. ¡Perfecta para un tranquilo y normal desayuno del fin de semana!

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